martes, 29 de enero de 2019

Mi cajón de las bragas

Mi Esclavo más Amado no es sumiso. Sutilmente puedo, de vez en cuando, llevar la pauta en la cama, suavemente puedo rendirle a mis caprichos, pero no es mi sumiso.


Apareció hace más de 20 años. Yo, por aquel entonces no me enteraba de la vida ni de nada. Andaba enjugascada, tonteando entre la adolescencia y la madurez. Él era complicado, profundo, desconcertante. Yo era joven, alegre, superficial. Quería las cosas rápidas y fáciles.. Y a pesar de que llegué a darme cuenta de que era un ser tremendamente especial, después de tres cocacolas y miles de conversaciones le desaparecí.


Y él se dedicó a hacer la tercera cosa que mejor se le da, escribir (la segunda es pintar, la primera follar). De una recopilación de poemas y escritos inconexos nació su primer libro, un libro lleno de textos premonitorios, de rabia, de tristeza y cuyo principal objetivo era que yo me lo encontrara en alguna estantería de alguna librería perdida y me devolviera a él. 

"Sentirme en medio de un poema
atribulado por el conocimiento tardío
esas partes de detrás del espejo
roto y astillado en pedazos
reflejando en mil cachitos TU ROSTRO

Rostro que nunca ha de borrarse
de mi cabeza. De mi dura cabeza..."

Pero no lo encontré, todo lo contrario. Me perdí yo.

Me perdí en una vida vulgar y gris, correcta, corriente. Aparentemente perfecta. Bodas, eventos, trabajo, casa con jardín, niños, perro, amigas, amantes... La vida a la que cualquier señora insatisfecha de clase media aspira.

Fue 13 años después cuando el azar y la necesidad me lo trajeron de vuelta. Y ahí sí, más curtidita y apaleada fue cuando todo explosionó, haciendo tambalearse mi perfecta felicidad de ficción.

Empezaron las escapadas furtivas, los encuentros contrarreloj, las noches en vela rebanándome los sesos, intentando solucionar una ecuación cuyos daños colaterales eran demasiado graves... En esos meses escribió su segundo libro. Me hacía llegar su vida en fascículos, una vida llena de mentiras y magia y yo moría de amor y de vanidad en cada relato en el que asomaba mi recuerdo. Un amor que me resultaba incluso incómodo, no me dejaba respirar, no me dejaba dormir, no me dejaba disfrutar de las pequeñas estupideces que habían ido parcheando mi vida. Tal era su intensidad que llegó a asustarme y cuando un día noté que podría seguir respirando sin él le comuniqué mi decisión. No podía dar el paso. Habíamos terminado. Ahí murió la relación y su segundo libro, que fue abortado antes de ver la luz con un control+sup.


Sin embargo esa vez no le desaparecí ni le dejé marchar, le sujeté egoistamente a mí. Le obligué a permanecer atado, soportando todas las preocupaciones que te puede generar alguien a quien amas en la distancia y sin tener ninguna capacidad de maniobra ni de decisión ni de contacto. Con el tiempo retomamos una amistad y un amor ahora más platónico que nunca y volvió a escribir. Su tercer libro fue escrito desde la serenidad, desde la tranquilidad y la resignación de saber que lo nuestro era imposible, que jamás se materializaría y aceptando su derrota se limitó a contar nuestra historia desde distintas líneas y puntos de vista. De ese tercer libro solo se imprimió un ejemplar, el mío. Un ejemplar que está guardado donde las mujeres ocultamos nuestros secretos más oscuros y nuestros tesoros más preciados. En mi cajón de las bragas. Y de ese tercer libro surgió el término "mi esclavo más amado".

Un día me preguntó:

- Si tuvieras que definirme que elegirías? Mi amante invisible? Mi cálido cocodrilo o mi esclavo más amado?

A pesar de no tener entonces la más mínima relación ni interés en la dominación femenina no lo dudé ni un momento. Él había sido siempre mi amante invisible, ni mis más íntimas amigas sabían de su existencia, había sido invisible incluso para mí durante años, pero algo me decía que esa etapa terminaba. Era también mi cálido cocodrilo, la diferencia de edad era notable y sus arrugas, a las que yo había bautizado como "los disgustos que te doy" también, pero no le definían. Sin embargo... mi esclavo más amado... entonces lo supe, él se había convertido en mi esclavo, sabía que moriría por mí si era necesario, que cojones!

Sabía que incluso mataría por mí si hacía falta.

Sabía que lo sacrificaría todo para hacerme feliz.

domingo, 27 de enero de 2019

Caprichitos IV: El pelele

Roberto se puso nerviosito con la cita. Me preguntó qué íbamos a hacer, qué despacho era, si iba estar mi compañera...

“Cuando se vaya mi compañera te enviaré un mensaje y subes. Voy a hacerte una gestión, despacho 33.”

“Esto es una cita..”
“En toda regla.”

A las 11 lo avisé y al minuto lo tenía entrando por la puerta. Roberto la dejó entornada y se sentó enfrente, sonriendo y expectante. Le dije que me diera el DNI, y empecé a tomarle datos. Él alucinaba pero no se atrevía a preguntar qué hacíamos, le pedí el teléfono, el correo electrónico, la dirección, todo todito, retratado y fichado. A cada dato que le pedía le sonreía y me ponía a escribir en el ordenador murmurando “Ummmh.... muy bien muy bien....”. 

Mi puesto de trabajo impone un poco y la gente siempre viene muy sumisa o muy enfadada. A mí me gusta tratar con todos, dar seguridad a unos, calmar a otros y mandar a la mierda a alguno. Pero burlarme y putear un poquito a una presa en el trabajo era nuevo. Al fotocopiar el DNI aproveché para ver su fecha de nacimiento “Te queda nada para el medio siglo, Roberto”, le dije.
Cuando terminé mi innecesaria gestión le acerqué el carnet para devolvérselo y cuando alargó su mano la capturé con mi pulgar e índice haciendo pinza sobre sus dedos. “Te tengo” pensé. Sin soltarle le pregunté:


“¿Cuando vamos a follar?” 
“ Bueno, si... yo... Yo te quería comentar una cosa. Es que... mañana es mi último día, luego vendré alguna semana. Pero la que viene seguro que no... Quería decírtelo porque claro, tú no querrás empezar nada porque como ya me voy...”

A día de hoy aún no sé muy bien por qué me dijo eso. No sé si era un caballero que no quería mancillarme y largarse o realmente no quería follar. Como soy malpensada me incliné por la segunda opción. La verdad es que no es frecuente que un macho rechace a una hembra, en parte por su naturaleza y en parte por la presión entre ellos. A Roberto no solo lo acosaba yo, tenía que quedar como un hombre ante mí, ante Jose y ante “J”. Quizás esperaba que yo le liberara del compromiso y quedar como un señor ante todos. Que se joda pensé.

“ Pues habrá que darse prisa. Mañana busca una excusa para escaparte y voy a tu casa”

La verdad es que nunca había presionado a nadie así para follármelo, ni había sido tan directa ni tan autoritaria. Suelo dejarme adorar, si no veo interés no me atraen, son ellos los que insisten y yo elijo el momento y las prácticas. Pero medio violar a Roberto me apetecía mucho. 

Me lo tomé como una venganza, Roberto era la cabeza de turco por todas las veces que me habían presionado, embaucado, insistido o chantajeado emocionalmente.

“Uy... no sé si podré, a ver cómo lo hago...”

Mira tío, no te vas a escaquear tan fácilmente, ahora mismo le digo a “J” que no quieres quedar conmigo mañana y se lo cuenta a Jose. Y si no te obligo yo, te obligan ellos pelele. Tú vas a follar conmigo mañana, te pongas como te pongas. Y si no, vas a quedar como el culo con tus amigotes, que es tu peor pesadilla (pensé). 

Forzar a Roberto era mi revancha por todas las veces en las que los hombres alardeaban entre ellos por habernos conquistado, manoseado, manipulado o follado.

Me levanté para acompañarle a la puerta, cuando llegamos seguía medio abierta y en ese momento iba a entrar una mujer. Con todo el morro levanté la mano como un policía haciendo el alto y le dije: “Un momentito señora”. Y le cerré la puerta en la cara.
Cogí a Roberto del pelo y lo acerqué a mí. Le estampé un buen morreo, largo y profundo. Cuando le solté la boca le dije:

“Piénsalo”

Y le invité a salir al mismo tiempo que entraba la señora muy enfuruñada.
Mientras la atendía vibró mi móvil. Sabía que era él, lo había pensado y ahí estaba la respuesta. No tenía ni idea de por dónde me iba a salir este hombre. Hasta que no viera mi teléfono, ambas respuestas eran posibles, si y no. Como el gato de Schrodinger, vivo y muerto a la vez dentro de su caja. Así que atendí a la señora enfadada a velocidades supersónicas y, en cuanto se fue, abrí la caja para ver al minino.

“Después de meditarlo... tengo total disponibilidad, 24 h y sitio de encuentro”

El gato estaba vivo.

“Eso ya me gusta más”

Esa mañana estuvo insistiendo en encontrarnos en el hueco de la escalera, en los baños, en los rincones oscuros... mi albañil cincuentón se había enviciado a los besos furtivos y vivía una segunda adolescencia. 

“¿Dónde estás?”
“En mi despacho. ¿Y tú?”
“Debajo de ti, no es justo... Yo aquí y tú arriba. ¿Bajas al café?”
“Solo si tienes la polla dura”

Pues sí que había cambiado el cuento, lo mismo era un caballero. Uno de esos antiguos, que pensaba que por follar teníamos que formalizar algún tipo de relación duradera.

Yo le daba una de cal y una de arena. De vez en cuando le calentaba, me dejaba ver, le daba un caramelo y al minuto siguiente le decía que me dejara trabajar. Y él me pedía disculpas como un chiquillo temeroso. La verdad es que como pelele no tenía precio. Ahora le tenía comiendo de mi mano y cuando esto ocurre, me pongo muy guapa y un poco mala. 

“¿Estás nerviosa? ¿Bajas? ¿A qué hora sales? ¿Te espero?”
“Hoy no, mañana”

Por la noche me dió el parte. Su cabeza había estado pensando, buscando soluciones a nuestra cita. Cuando deseas algo, todo tu organismo se activa en esa dirección. Entonces aparece la magia y no es el Universo confabulando para ti, eres tú trabajando con ganas.

“Mañana tengo una excusa para salir desde las 10:00 hasta las 16:00”

Era entrañable, nuestro futuro polvo era de dominio público y él disimulando y buscando excusas...


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miércoles, 23 de enero de 2019

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martes, 22 de enero de 2019

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lunes, 21 de enero de 2019

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domingo, 20 de enero de 2019

Caprichitos (III): El mamporrero.

A “J” no le hizo ni puta gracia ser mi mamporrero.


“¿Pero qué quieres?¿Que se lo diga?”

“Claro”

“¿Seguro?”

“Que sí coño”





Ya que iba a usarle de mensajero y se iba a enterar todo el mundo ¿para qué ir con rodeos? “Dile que me lo quiero follar y ya está, a tomar por culo”. Ya estaba harta de miraditas, paseos y acosos. 
Al día siguiente lo primero que hice cuando vi a “J” fue preguntarle si ya le había dicho mis intenciones al albañil.

“¿Pero vas en serio?”

¡La madre que lo parió! 

“J” tenía bastante relación con ellos, habían ido de cervecitas, de comida, ahora pago yo, ahora pagas tú, se hospedaban en el apartamento de un familiar... pero parecía incapaz de darle a Roberto mi mensaje. Eso me hizo pensar que “J” había estado jugando a presumir. Si todos en la oficina piensan que follamos, sus nuevos amigos no iban a ser menos. Y claro, él no lo desmentía y se dejaba admirar. La rubia era suya, él era el gallo del gallinero. “¿No véis cómo la tengo? La hago reir, la cojo del brazo, le hablo con familiaridad... Es que la rubia y yo tenemos algo especial”. 
Y, entregarme al penúltimo mono de la obra, era destapar que la rubia hacía lo que le salía del coño y sobre todo, que de intimidad con él, nada. 

Eso me motivó todavía más a seguir adelante, tenía el caramelo de Roberto y la bajada de pantalones de “J”, un dos por uno. 

Al tercer día, me puse seria.

“ ¿Ya se lo has dicho?”
“ Si quieres se lo digo ¿eh? Pero se van a enterar todos...”
“ No hay problema”

Le dije que si no me iba a ayudar que me lo dijera ya, porque eso iba a pasar sí o sí, y que podía colaborar o apartarse con todas sus consecuencias. Y “J” eligió el mal menor.

Ese día salí del trabajo a la hora de siempre y me dirigí a mi coche. Antes de arrancarlo sonaron dos golpecitos en la ventanilla. Era Roberto. Bajé la ventanilla sonriendo y le interrogué levantando las cejas y la barbilla a la vez.

“ Me han dicho que quieres hablar conmigo” - él también sonreía.
“ Sí, eres muy escurridizo”

Le dije que lo mejor sería que habláramos por teléfono para evitar curiosos, cogí su enorme mano, que estaba apoyada en la puerta, le di la vuelta para dejar al descubierto su muñeca y le apunté mi número con boli. “Envíame un mensaje y te cuento”.

Eso fué un lunes, el martes empecé a jugar con mi presa. Porque además de sexo, siempre, siempre, pruebo su grado de sumisión. Cuando empecé a escribir las historias de “Diario de una cazadora” la idea era someter hombres fuera del circuito del BDSM. Me apetecía comprobar qué porcentaje de vainillas entrarían en mi juego, hacer una estadística y demostrar que hay más sumisos de lo que parece. A día de hoy, puedo decir que TODAS mis presas han sucumbido en mayor o menor grado a mis juegos y perversiones, algunos se han apuntado con alegría y otros a regañadientes, pero de momento el porcentaje es 100%, que se dice pronto. Y con el albañil me apetecía especialmente. Tan serio, tan fuerte, tan inaccesible, como me saliera sumiso me lo iba a comer con patatas. 
Y empezó la semana de las profecías. 
Le dije que tenía poderes y que podía predecir el futuro. Esa mañana, mi primera profecía fue que me miraría el culo al pasar. Roberto no sabía muy bien de qué hablaba pero me seguía el rollo. “Yo siempre intento mirarte de frente, pero impones” decía. 
Me puse una falda lápiz que se ajustaba como un guante y marcaba hasta mis lunares. La cremallera dorada separaba la masa redonda en dos mitades perfectas, señalando la raja. Las pitonisas solemos hacer trampa. Solo faltaba encontrarme con él para que se cumpliera mi predicción, y ahora con el móvil, todo era más fácil.

“Atento que voy a entrar”

¡Ahora sí que estaba en mi salsa! Pasé triunfal sin mirar atrás, con Roberto sonriéndo desde el pilar , paleta en mano y clavando su mirada en mí. Antes de doblar la esquina y encarar la escalera me volví para comprobar que su mirada seguía clavada en mí y en mi culo.

“¿Ves como tengo poderes?”
“ Bueno, bueno... realmente sí. Me has alegrado la mañana”
“ Dentro de un rato te digo mi segunda profecía”
“ Miedo me da... pero bueno”
“ Tranquilo, no muerdo... o no mucho”

La segunda profecía fue a bocajarro, ya le sentía como una marioneta en mis manos, así que me envalentoné y casi la cago. Le dije que antes de una semana iba a convertirse en mi esclavo sexual y que me hablaría de Usted. A Roberto eso le sonó a chino y no hacía más que dudar, preguntarme cómo lo iba a hacer, decirme que eso no lo había hecho nunca, ponerse nervioso. Y lo que es peor, ponerme nerviosa a mí. Le dije que estuviera tranquilo y lo olvidara. Y él, muy obediente, dejó de interrogarme. Joder... es que hacía todo lo que le ordenaba, me tenía loca.

El miercoles, antes de salir de casa, le envíe otra predicción.

“Cuando llegue, tus ojos va a ir a mis piernas”

Una minifalda y unas botas con tacón de aguja tuvieron la culpa de que Roberto, una vez más, cayera presa de mi embrujo. 
A partir de entonces ya no hizo falta que le avisara de mis entradas y salidas. Ya estaba él pendiente, como a mí me gusta. Tener un perrito educado y atento a mis movimientos, clavando su mirada en mí, esperando su premio, eso es lo que quiero, eso es lo que me gusta. En cuanto oía mis tacones se acercaba a la entrada. Y los tímidos “holas” de antes empezaban a convertirse en “holas” de lujuria y complicidad.
Cuando bajé para irme a casa ese día, el perrito estaba esperándome a los pies de la escalera moviendo el rabito. Le sonreí y una vez abajo lo cogí de la camiseta y lo arrastré bajo el hueco, llevando el índice a mis labios para indicarle que no hiciera ruido. Todavía quedaba gente arriba.

Me posicioné en la zona más alta y oscura y le indiqué con mi mano que se acercara, en silencio absoluto. Cuando se colocó a cinco centímetros mojé las bragas solo por tenerle cerca, por haber roto finalmente su distancia de seguridad después de tanto tiempo. Una vez enfrente y tan pegado, constaté que con tacones era más alta que él, lo cual me empoderaba más aún. Lo cogí de la nuca y lo acerqué a mi boca, me supo a pasión contenida, a recordar su juventud, a inexperiencia y nervios, a despertar algo que estaba olvidado entre obligaciones, problemas y cansancio. 
Mi lengua jugó con la suya mezclando salivas, mis labios succionaron los suyos explorando texturas y consistencias, mis dientes mordisquearon su labio inferior antes de abandonar la inspección y dirigirse a su oído para susurrarle “Mañana más”. Y seguí mi camino sin mirar atrás una vez más.

El jueves empezó con otra profecía.

“Hoy a las 11, subirás a mi despacho”.





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